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¿ES POSIBLE EL AMOR SIN PASIÓN?

¿ES POSIBLE EL AMOR SIN PASIÓN?

Sí, es posible.

Y es posible también la pasión sin amor.

Ambas posibilidades son propias de nuestra civilización.

Amor sin pasión. Es el amor táctil. El amor de tocar, de percibir, de sentir. Es el amor en el que yo busco sentirme bien, gozar, tener. Sin pasión. No tengo pasión. No tengo ese amor que ese más fuerte que la muerte. Un amor capaz de todo sacrificio. Y sobre todo, acompañado de un olvido de mí mismo. Un amor no egocéntrico, en el que ya no me busco a mí, en el que no hago el centro mis sentimientos, mis gustos, ni el estar bien. Un amor que me lleva más allá. En el que no busco usar al otro en beneficio mío, sino en el que busco ayudar al otro a ser feliz, a encontrarse consigo mismo, y en el que ambos podemos hacer un proyecto de futuro que supere el yo de cada uno y haga un “nosotros” impulsado por la conquista de un ideal, de aspiraciones, de servicio.

El amor sin pasión es un amor endeble, un amor inmaduro, un amor precario, que no trasciende el yo y no trasciende el tiempo presente, que se agota en el día, y que por lo tanto es fugaz.

Es un amor sin corazón.

Pasión sin amor. Esto lo encontramos cuando el instinto no reconoce límites, cuando estamos sometidos a los impulsos de la libido, a la lujuria, a la concupiscencia de la carne. Es el mayor egocentrismo, pero esta vez librado a los embates de lo inferior de la personalidad. Por ello la pasión sin amor es propia de quien está apostando a una subversión de su interior, a poner las potencias menos nobles por encima de las más elevadas. Quedan atrás los sentimientos puros, la razón, la generosidad, la utopía, los ideales, el amor. Todo es borrado por un impulso meramente carnal. La comunicación sustituida por la imposición, el diálogo sustituido por una mendaz seducción.

El verdadero amor es el amor apasionado. El que pone los sentimientos, los sentidos y el instinto, al servicio de la unidad, del proyecto, del respeto por el otro, del bien y la felicidad del otro, del mañana juntos que los dos construirán.

Hoy asistimos, en un mundo frío, a un tipo de amor también frío y desapasionado. Un amor sin corazón. Un amor incapaz de lanzarse a la esperanza, a creer que se puede más de lo que se puede, incapaz del sacrificio y del olvido de sí, siempre pendiente del yo, de lo que gratifica, se siente, un amor mediocre lanzado nada más que a pasarla bien, sin compromisos. Un amor que no agarra el alma y los huesos, que no compromete la vida. Un amor presto a la intolerancia, al abandono fácil. Amor sólo del presente, del día, enamorado de sí y descuidado de todo y de todos. Un amor publicitado por los medios de comunicación e incorporado a la masa, que va dejando atrás su alma. Un amor frío, apasionado para sentir y desapasionado para olvidar y hacer sufrir. Un amor sin corazón.

La liberación sexual ha traído la inseguridad sexual. Nadie está seguro de lo que el sexo le pueda dar. Nadie está seguro tampoco de sus propios deseos, o de los deseos del otro. El sexo en todas partes –publicidad, cine, cortos televisivos, revistas- es un síntoma claro de desesperación. Se lo busca en todas partes, pero en ninguna parte está. Se lo pone en todas partes, porque se tiene miedo de perderlo, y se tiene miedo de perderlo porque se ha perdido. Es el resultado de sexo como mercadería, sexo consumista. Consumimos sexo sin amor, insípido, barato, sexo fácil, sexo descartable, al paso, como hamburguesas. Pero no tenemos amor; ya que el amor de verdad no es objeto de consumo, no es tampoco instrumento de extorsión. De modo que nos quedamos vacíos, sin nada: sin sexo, sin amor, desorientados, solos. Esto sucede cuando no empezamos por el amor; la mercadería más noble y más escasa, que no se compra ni se vende.

Esta es una penosa característica de nuestra civilización, y de los que tontamente adhieren a sus líneas de conducta, arriesgando su libertad y su felicidad.

Ya en 1951 decía Theodor W. Adorno en Mínima Moralia:

Cuando Casanova definía a una mujer sin prejuicios quería decir que ningún convencionalismo religioso le podría impedir que se entregara: hoy, en cambio, la mujer sin prejuicios es la que no cree en el amor, que no escucha los discursos respectivos y no invierte ni un gramo más de aquello que espera como recompensa. La sexualidad, en nombre de la cual -en apariencia- sigue el asunto, se ha vuelto hoy una ilusión. Dice también que el sexo, liberado de toda inhibición, es –en realidad- sexo desexualizado.

Osvaldo Cuadro Moreno

Libro: Preguntas de Mujer I

 


Sobre el autor:

Osvaldo Cuadro Moreno

Conferencista de Homini

Especialista en temas de familia y autoayuda

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