Blog

Cómo formar hijos con personalidad sana, fuerte y madura

Cómo formar hijos con personalidad sana, fuerte y madura

Los padres deben decidirse a criar hijos para enfrentar las dificultades de la vida y los sufrimientos, que no les han de faltar, como a ningún ser humano.

Mientras más fuertes sean, menos sufrirán después y más fácilmente podrán ser felices.

Aconsejamos educar con una cuota de sufrimiento, de privación, de esfuerzo. Solo así se ejercita la virtud, es decir, el vigor, la fuerza interior.

Solo el sufrimiento hace fuertes y trae sabiduría de vivir.

Así también, los iremos preparando para ser santos y esos hombres de vanguardia que la sociedad necesita. Porque de niños débiles, atados a sus gustos, caprichos, hedonistas, temerosos, no surgen héroes y santos.

Los niños, así deben acostumbrarse a comer lo que se le dé, no lo que estén pidiendo. Para que un día puedan comerlo todo sin dificultad, y también afrontar la pobreza de la mesa familiar sin tragedias. Hay madres que les preguntan a sus pequeños qué quieren que les sirvan, si les gusta esto o lo otro o si no, qué comida piden que les hagan. He oído a madres afirmar que su hijo no puede comer si no tiene determinada gaseosa.

A veces los padres – no son grandes sacrificios- procuran que sus hijos tengan las zapatillas y toda la demás ropa de marca que usan los otros niños o que sale en la televisión. No están esperando que se les gasten por completo las zapatillas que ya tienen que comprarles otras. Tal vez el padre anda con zapatos súper gastados, pero a su hijo no le falta esas zapatillas que ayer pidió porque no quiere ser menos que otros. Ese padre no sabe que en algún momento su hijo – por esas ironías de la vida – lo va a despreciar porque no calza zapatillas de marca, porque no está “actualizado”, y no va recordar el sacrificio del padre ni lo va a apreciar.

A veces también vemos a un niño que se cae y llora. Y antes de que se incorpore por sus propios medios, ya corre su padre a levantarlo, lo carga en brazos, lo interroga sobre el golpe, le aumenta la tragedia. No se le ocurriría dejarlo que se valiera por sus propios medios ni restar importancia a ese rasguño que sangra pero que no acaba la vida.

Enseñarles a los niños a sobreponerse a sus dolores, no los va a matar. Al contrario, prolongará sus vidas y las hará menos penosas. Es importante que aprendan a superarse a sí mismos, a contentarse con poco, a realizar esfuerzos hasta el límite del cansancio. Hay que entrenarlos para la vida.

Cuando llevamos a un niño a afrontar con valor y sabiduría los peligros propios de la edad, estamos preparando un adulto que no se amilanará ante los peligros. Pero si lo sobreprotegemos por miedo de que sucumba al peligro, un día lo tendrá que enfrentar y ese día puede ser trágico: el que no conoce el peligro cae en él.

¿Se pelea nuestro hijo con otro compañero? No lo defendamos. Enseñémosle a defenderse. ¿Y si lo golpean duro? – Que otra vez se prepare mejor-  un día sabrá defender su dignidad.

Hay que procurar también que los niños consigan el domino de sí mismos. Que no se manejen por gustos, por antojos, por simpatías, por ganas, sino por razones, por ideales, por proyectos de vida, por responsabilidades. Que no siempre digan que sí; que sepan decir que no. Que estén dispuestos a afrontar el dolor sentimental y el dolor físico. Que cultiven la materia prima para ser hombres cabales, íntegros, insobornables, confiables, con madera de santos. Que gocen con experiencias fuertes, como escalar montañas, cruzar ríos, hacer campamentos esforzados, enfrentar desafíos deportivos y desafíos intelectuales o artísticos. Que cada dificultad sea un reto del que aspiren a salir victoriosos.

Padres que hacen fuertes a los niños, llevándolos al cansancio, al riesgo, al desafío, los hacen propensos al triunfo en la vida, a sufrir menos con los naturales sufrimientos del hombre, y preparan hijos que serán su protección en la vejez.

Hay padres que creen que evitar todo sufrimiento a sus hijos es de buen padre. Pero no, es sencillamente propio de padres temerosos y débiles de carácter. Y ni siquiera son capaces de proporcionarles el necesario castigo que les traería sabiduría, en el momento oportuno.

Criar hijos fuertes es un grande y amoroso servicio que les estamos prestando. Serán hijos que admirarán a sus padres mientras los otros los despreciarán, y que los cuidarán mientras los otros los abandonarán.

Tenemos que decirlo de una forma clara: los hijos no cambiarán si antes no cambian los padres. No se trata tanto de cambios externos, sino en el carácter.

Los padres educamos un 30% por lo que decimos, enseñamos, explicamos. Y un 70%  por lo que somos. Primero por lo que somos, luego por lo que hacemos y en último lugar, por lo que decimos.  La educación es, ante todo, una actividad de contagio. Los padres contagian a sus hijos lo que ellos mismos son.

Por. Osvaldo Cuadro Moreno

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *